Conseguimos entrar en la casa de
Rocío, no sin alguna dificultad como la de no saber cuál era llave de la
puerta. Tomo nota mental para un futuro. Ahora bien, ya era de noche
totalmente y la casa estaba completamente a oscuras.
-
¿Dónde está el interruptor de la luz?
- Es igual, he traído mi linterna. - Pues venga, tira escaleras arriba y alumbra bien.
Subimos por las escaleras
lentamente, para no hacer ruido. Cuando llegamos arriba, dije que me iba a
quedar allí vigilando, y que fueran ellos a buscar las llaves. Les pedí que
hicieran el mínimo ruido posible. Saqué mi móvil para usarlo de linterna
improvisada y alumbré hacia el suelo lo
suficiente como para ver un poco y me senté en el último escalón en silencio.
Quería intentar oír algún ruido extraño, que aún no estábamos seguros si estábamos
solos. Agudicé mi oído. Solo escuchaba a Álvaro y Gersan rebuscar en el cuarto.
De pronto, me pareció oír algo que
provenía de la planta de abajo. ¿Sería
el gato gordo de Rocío? Pero parecían
como pasos... Intenté escucharlos de
nuevo. Otra vez, suenan a pasos, pasos con dificultad. Apreté con fuerza el
mango de mi Estwing.
Me dirigí a la habitación donde
estaban mis amigos.
-
Eh, ¿tenéis las llaves?
- Aún no, la niña tiene trescientos
bolsos. - Pues hay que encontrarlas rápido, que me parece que tenemos compañía abajo.
- ¿Qué? ¿Quién?
- No lo sé, me ha parecido escuchar pasos.
- ¡Yuju! ¡Aquí están!
Gersan mostró el tan anhelado
llavero. Iba a darle una palmada en la espalda en señal de agradecimiento,
cuando nos sobresaltamos al oír un golpe proveniente del piso inferior.
-
¿Qué coño ha sido eso?
Salimos deprisa pero en silencio de
la habitación hacia las escaleras. Álvaro apuntó con la linterna hacia abajo.
Vimos a un hombre aparentemente de edad avanzada que intentaba subir los
escalones, pero no podía. Se cayó y se
golpeó la cabeza. Se levantó e intentó
volver a subir de nuevo.
- Mierda, mierda, mierda...
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