7 de Agosto de 2011, un grupo de amigos pasan un agradable finde de acampada en Cazorla lejos del ruido de las ciudades. Al volver, las cosas no están como las dejaron...

martes, 4 de octubre de 2011

CHAPTER 7


Henos allí, noche cerrada, con un buen puñado de muertos vivientes acechando en las calles y sin las llaves de nuestro hipotético refugio.  Perfecto, la cagué. Se me olvidó pensar que Rocío no tendría las llaves. Mientras discutíamos que hacer, Rocío misma dio la solución.

- Las llaves están en mi otra casa, podemos ir a por ellas.
- Pues... en verdad está bastante cerca. Podemos ir.
- Es demasiado peligroso, no sabemos que nos podemos encontrar.
- Si, pero tampoco podemos quedarnos en la calle.
- Ya, pero...
- Venga vale, un par de huevos, vamos.

Yo meditaba nuestras posibilidades en silencio ¿Largarnos o ir a por las llaves? Aparté a Gersan y a Álvaro para hablar con ellos.

-  Si vamos a ir a por las llaves, Rocío no debería venir.
- Pues es la que sabe donde están las llaves, tú me dirás...
- Por si nos encontramos con sus padres o algún familiar en su casa, es mejor que ella no esté. Podría hacer cualquier estupidez.  ¿A eso te refieres?
- Ajá.
- Entiendo entonces. ¿Vamos nosotros solo?
- Qué remedio...

Volvimos con los demás, que aún seguían discutiendo que hacer.

- Vamos a ir nosotros. Solos.
- ¿Qué? ¿Por qué? Quién sabe donde están las llaves soy yo, ¿recordáis?
- Si, pero tú no vienes. Solo dinos donde están.
- ¡Claro que voy, es mi casa, y voy a ir!
- Vamos nosotros que somos más rápidos.  Hay que ir, coger las llaves y salir corriendo. Vosotras os quedaréis en el coche con Javi y en silencio.
- Solo dinos donde están y como son. Si surge algún problema te llamamos, hay que aprovechar que las líneas aún funcionan.
- Está bien, están en mi bolso, en mi cuarto.
- ¿Forma del llavero?
- Una Betty Boop.
- Chachi, si no volvemos en media hora, iros a donde más rabia os dé.
-Tened cuidado.
-Que si... ¡Ah¡ ¿Tendrás al menos las llaves de dónde vives, no?
-¿Eh? Sisi, en la mochila, esperad.

Rocío nos dio las llaves de su casa, cogimos nuestros martillos a los que probablemente habría que añadir otro uso más a la pintoresca lista de “Usos del martillo geólogo”, el de arma matazombis. Llegamos al final de la calle y torcimos hacia abajo.  De momento, calle despejada. Aceleramos el paso. No sé los otros dos, pero mis pulsaciones también se aceleraron. Culpa quizás de la tensión del momento, o del miedo a morir. En cualquier caso me ayudaba a estar más alerta que nunca. Llegamos a una nueva bocacalle, comienzan los problemas.

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