Henos allí, noche cerrada, con un
buen puñado de muertos vivientes acechando en las calles y sin las llaves de
nuestro hipotético refugio. Perfecto, la
cagué. Se me olvidó pensar que Rocío no tendría las llaves. Mientras discutíamos
que hacer, Rocío misma dio la solución.
- Las llaves están en mi otra casa, podemos ir a por ellas.
-
Pues... en verdad está bastante cerca. Podemos ir.
-
Es demasiado peligroso, no sabemos que nos podemos encontrar.
-
Si, pero tampoco podemos quedarnos en la calle.
-
Ya, pero...
-
Venga vale, un par de huevos, vamos.
Yo meditaba nuestras posibilidades
en silencio ¿Largarnos o ir a por las llaves? Aparté a Gersan y a Álvaro para
hablar con ellos.
-
Si vamos a ir a por las llaves,
Rocío no debería venir.
-
Pues es la que sabe donde están las llaves, tú me dirás...
-
Por si nos encontramos con sus padres o algún familiar en su casa, es mejor que
ella no esté. Podría hacer cualquier estupidez.
¿A eso te refieres?
-
Ajá.
-
Entiendo entonces. ¿Vamos nosotros solo?
-
Qué remedio...
Volvimos con los demás, que aún
seguían discutiendo que hacer.
- Vamos a ir nosotros. Solos.
-
¿Qué? ¿Por qué? Quién sabe donde están las llaves soy yo, ¿recordáis?
-
Si, pero tú no vienes. Solo dinos donde están.
-
¡Claro que voy, es mi casa, y voy a ir!
-
Vamos nosotros que somos más rápidos. Hay que ir, coger las llaves y salir
corriendo. Vosotras os quedaréis en el coche con Javi y en silencio.
-
Solo dinos donde están y como son. Si surge algún problema te llamamos, hay que
aprovechar que las líneas aún funcionan.
-
Está bien, están en mi bolso, en mi cuarto.
-
¿Forma del llavero?
-
Una Betty Boop.
-
Chachi, si no volvemos en media hora, iros a donde más rabia os dé.
-Tened
cuidado.
-Que
si... ¡Ah¡ ¿Tendrás al menos las llaves de dónde vives, no?
-¿Eh?
Sisi, en la mochila, esperad.
Rocío nos dio las llaves de su
casa, cogimos nuestros martillos a los que probablemente habría que añadir otro
uso más a la pintoresca lista de “Usos del martillo geólogo”, el de arma
matazombis. Llegamos al final de la calle y torcimos hacia abajo. De momento, calle despejada. Aceleramos el
paso. No sé los otros dos, pero mis pulsaciones también se aceleraron. Culpa
quizás de la tensión del momento, o del miedo a morir. En cualquier caso me
ayudaba a estar más alerta que nunca. Llegamos a una nueva bocacalle, comienzan
los problemas.
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