Hacía cerca de una hora que estábamos en la carretera. Una carretera completamente desierta.
- No hemos visto ningún zombi en kilómetros.
- Ya, deberán estar todos en las ciudades.
- Pero tampoco hemos visto supervivientes.
- Mejor, porque no pienso compartir con nadie lo que llevamos. Y mucho menos cederlo por las buenas.
- ¿No te fías de la gente, eh?
- Jaja, para nada, ¡y mucho menos ahora!
- ¿Y de nosotros si te fías?
- Qué remedio, ¡os necesito para sobrevivir!
- ¡Jajajajajaja! Vaya, vaya...
Entonces vimos a Álvaro haciendo señas para que parásemos. Como no contemplábamos la idea de que nadie pasara por allí, paramos los vehículos en el mismo carril, sin apartarlos ni nada.
- ¿Qué ocurre?
- Gasolina. Tenemos que repostar pronto.
- Pues la próxima que encontremos la saqueamos y ya está. Mira que problema.
- Ojalá resulte tan fácil como dices.
- Bueno, sigamos, ¿no?
Dicho esto nos volvimos a poner en marcha. Condujimos durante varios kilómetros más, igualmente desiertos, hasta encontrar una estación gasolinera. Nos acercamos cautelosamente y aparcamos los vehículos al lado de los surtidores.
- ¡¡Llenadlos hasta arriba sin miedo, que yo invito!!
- Ajajá, para esto había echado yo los bidones vacíos. Llenadlos. Yo voy a echar un vistazo dentro. ¿Viene alguien?
- ¡Yo-yo!
- Bien, pues coge tus armas.
Nos acercamos a las cristaleras de fuera, para ver si podíamos observar algo sospechoso dentro. Nada. Ni un alma. Viva o muerta.
- Entremos, y con cuidado.
Nos acercamos a la puerta, y automáticamente se abrieron dándonos un susto.
- Joer, mierda de puertas...
- Ya nos ha chafado el factor sorpresa. Vamos pa'entro de todas maneras.
Cruzamos las puertas automáticas y entramos. Dentro, todo parecía estar en su sitio. Como si la persona que había abierto el establecimiento, hubiese salido corriendo dejándolo todo tal y como estaba. Mala espina me daba a mi eso. Estantes de dulces, recuerdos para viajes, bebidas y demás se disponían delante de nosotros. Álvaro dijo que iba a por algo para echar cosas, yo mientras, iría a echar un vistazo por el almacén. Apoyé la oreja sobre la puerta, por si oía algo. Nada.
Espera... ¿qué había sido eso? Un leve gruñido casi imperceptible venía a través de la gruesa puerta. Mientras, Álvaro volvía con bolsas para recoger toda las mierdas que pudieran caber.
- ¿Cuánto les queda a los otros?
- Un poco, están liados ahora con los bidones.
- Quédate aquí y coge lo que veas. Si algo sale por esa puerta que no esté vivo. Remátalo.
- ¿Tú a donde vas?
- Voy a entrar por detrás, creo que tenemos a un inquilino ahí dentro.
Dí una voz a Rocío para que me acompañara, dimos la vuelta y encontramos la puerta de servicio entreabierta. La abrimos de par en par. Nuestros ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la oscuridad inicial y contemplar la escena que estaba delante de nosotros. Había un zombi de pie, y otro en el suelo a medio comer. Rocío comenzó a tener arcadas y me pidió que cerrara la puerta. Excelente recomendación porque el que aún tenía piernas comenzó a caminar hacia la puerta.
- ¡Joder, que puto asco!
- Chica, vete acostumbrando porque este va a ser el pan de todos los días, de aquí en adelante.
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