7 de Agosto de 2011, un grupo de amigos pasan un agradable finde de acampada en Cazorla lejos del ruido de las ciudades. Al volver, las cosas no están como las dejaron...

lunes, 28 de noviembre de 2011

CHAPTER 16

Subimos raudos por las escaleras, queríamos llegar antes que los demás para observar la situación. Porque se supone que si todo empezó el sábado por la tarde, aún debería quedar gente trabajando entonces. Pues bien, a simple vista desde fuera de las cajas, estaba vacío.

- No me fío.
- Yo tampoco.

Un ruido de puertas corredizas vino desde atrás. El ascensor acababa de abrir sus puertas y nuestros compañeros se acercaron a donde estábamos nosotros. 

- ¿Qué ocurre?
- Nada, que no sabemos si hay zombis o no. 
- Pues venga, vamos a comprobarlo.
- Se me ocurre otra cosa. 
- ¿Qué vas a hacer?

Álvaro no contestó, se acercó a una caja registradora, cogió el micro, se aclaró la garganta y a continuación:

- ¡DING-DONG-DING! ¡A TODOS LOS ZOMBIS HIJOS DE PUTA, ACUDAN A CAJA REGISTRADORA! ¡DONG-DING-DONG! 

Soltó el micro y lo dejó en su sitio.

- ¿Ha molao, eh?
- Sep, ahora atentos. Con todo el escándalo que ha montado el capullo este, si hay algún cabrón de esos, vendrá.

El inconfundible lamento lastimero de los muertos vivientes pronto se hizo audible.

-¡Haced más ruido!¡Atraedlos a todos hacia aquí!

Media docena de cadáveres andantes surgieron de entre las estanterías. Decidimos que este sería un momento ideal para probar nuestro nuevo arsenal cogido prestado de la cochera de Rocío. Hachas, una pala, el mazo, un pico, serruchos, una hoz e incluso una motosierra. Cualquier cosa es buena para aporrear y destrozar cráneos. Yo por ejemplo, en una mano tenía mi fiel martillo y con la otra empuñaba una hoz, su aspecto macabro siempre me ha gustado. El resto de los chicos también había escogido un arma acorde a sus gustos. Nos colocamos en posición de ataque mientras se acercaban los muertos, las chicas en primera instancia, decidieron quedarse al margen.

- Esperad... esperad... ¡AHORA!

Nos lanzamos con toda nuestra furia hacia esas criaturas. Yo subí por una de las cajas registradoras y salté sobre el más cercano, destrozándole su cráneo con el martillo. Continué en carrera unos pocos metros hasta el siguiente, con la hoz le atrapé una pierna y tiré hacia arriba, el pobre desgraciado cayó al suelo de boca y con una pierna menos. Me di la vuelta y le clavé el pico del martillo en la nuca. Estaba empezando a ser adicto a los subidones de adrenalina, y no era el único. Álvaro acababa de separar la cabeza de uno con el hacha, Javi destrozaba a otro zombi con el pico, e incluso Gersan parecía haber dejado atrás su moral para aplastar literalmente con el mazo la cara de su víctima. 

Yo creo que ya sé lo que quiero para mi cumpleaños, una puñetera Gladius romana. Lástima que no las vendan en un Mercadona.

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